El cine del norteamericano Jim Jarmusch siempre ha estado marcado por unas constantes, por unos rasgos diferenciadores que dotan a sus películas de una estética muy peculiar y las convierten en fácilmente identificables para el espectador cinéfilo de turno. Así, las situaciones surrealistas, el gusto por las imágenes potentes, la marcada presencia de simbolismo, el tema de la soledad o la solemnidad en los diálogos son, por poner algunos ejemplos, patrones que nos indican la firma del director tras la cámara.
La última película de Jarmusch, Los límites del control, no es una excepción y reúne gran parte de las características que han dominado el resto de su filmografía. El film se vale de una estructura casi circular, en la que el personaje principal revive continuamente situaciones prácticamente idénticas, para narrar la historia de un individuo que debe recorrer España para citarse con una serie de personajes y concretar un encargo de carácter turbio. El personaje central está interpretado por un hierático Isaac de Bankolé, en un papel muy diferente al que realizó en Ghost Dog, el camino del samurai, también a las órdenes de Jarmusch. El itinerario recorrido por De Bankolé es un pretexto para filmar algunos de los encantos de la geografía española e insertar cada una de las intervenciones de los diferentes personajes con los que se va encontrando. De esta manera, Jarmusch no deja pasar la oportunidad de mostrar varios iconos del país (la Plaza Mayor de Madrid, la Torre del Oro de Sevilla, la estación de Atocha...) antes de dar paso a cada uno de los encuentros. Encuentros en los que un De Bankolé lacónico y taciturno es testigo de varios discursos (monólogos, prácticamente, debido a la casi no presencia hablada del protagonista) pronunciados por una sucesión de excéntricos personajes y marcados por la alusión a distintas disciplinas. El fantasma de la incomunicación, otro de los temas recurrentes de Jarmusch, está presente en todo momento y nos encontramos con personajes que hablan diferentes idiomas y no se entienden entre sí (algo ya abordado por el director en Ghost Dog o Dead Man). El guión está plagado de expresiones que, en principio, carecen de sentido, pero que con su repetición constante dotan a la película de un tono poético muy atractivo (mientras que en Dead Man, por ejemplo, a Johnny Deep le preguntaban continuamente si tenía tabaco, aquí, Isaac De Bankolé recibe de todos los personajes la misma pregunta: "Usted no habla español, ¿verdad?"). Frente a lo parco del lenguaje, Jarmusch ofrece una gran potencia visual (a destacar el plano de presentación del personaje de Tilda Swinton, con una indumentaria y un paraguas que contrastan sobremanera con la estética arquitectónica del centro de Madrid) y un ritmo narrativo muy lento, prácticamente estático, que se estanca premeditadamente con una serie de escenas que se repiten sin cesar: De Bankolé en la cama con los ojos abiertos, De Bankolé practicando Tai Chi, De Bankolé tomando café en una terraza...
En cuanto al reparto, uno se queda con ganas de que actores como Gael García Bernal, Bill Murray o ese extraordinario producto nacional llamado Luis Tosar no hayan gozado de algún minuto más de pantalla.

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