Hace tan solo unos meses Alta Films anunciaba el cierre inminente de la mayoría de sus salas. Su presidente, Enrique González Macho, esgrimía como causas tres factores fundamentales: la dificultad para encontrar financiación entre los socios, la piratería en Internet y el déficit de interés de las televisiones en el cine independiente (sobre todo de RTVE).
La noticia cayó como un jarro de agua fría entre los aficionados al cine. No era para menos. A día de hoy, Alta Films sigue explotando las salas de Renoir Princesa, Plaza de España y Retiro, en Madrid, y Floridablanca, en Barcelona, pero ha prescindido de 26 trabajadores y cerrado la mayor parte de sus salas. La productora contaba con un porcentaje muy pequeño en el mercado global (entre el 4 y el 5%) pero era la distribuidora de referencia de cine de autor en España.
Poco después, el mundo del cine levantaba ligeramente el ánimo al conocer que la Unión Europea excluía al sector audiovisual en las negociaciones que mantenía con EE.UU. para consolidar un nuevo tratado de libre comercio. El acuerdo, ya firmado, se escuda en el concepto de "excepción cultural" para subvencionar el cine europeo y establecer cuotas de exhibición para la cinematografía de los países miembros de la unión. Un oasis proteccionista dentro del todopoderoso universo del capital.
Así las cosas, no hay que estrujarse el cerebro para dar con el principal enemigo del cine independiente en nuestro país: las majors norteamericanas. Los porcentajes de taquilla del año pasado son abrumadores: casi el 70% de los espectadores españoles que compraron una entrada lo hicieron para ver una película producida en Hollywood.
Dicho esto, cabe plantearse si existe un margen para la autocrítica. La respuesta es que sí lo hay. Somos los españoles un pueblo que gusta mucho de opinar de todo y a todas horas, y con frecuencia en clara contradicción con nuestro comportamiento de casa para adentro. Lo llevamos en el ADN. Gustamos más aún de lanzarnos de cabeza al territorio de los lugares comunes y por eso no es difícil escuchar en este país aquello de "en la tele solo emiten mierda", o eso otro de "yo ya casi no veo la tele" y, por supuesto, la máxima española por excelencia: "el cine que hacemos aquí no vale para nada". Sin embargo, después de soltar alguna de estas joyas, el ciudadano español vuelve a su casa, enciende el televisor y consume su dosis diaria de Gran Hermano, Sálvame o Hermano Mayor. Si no es así, no me explico por qué estos programas obtienen una audiencia estratosférica cuando en muchas ocasiones comparten franja horaria con otros productos que sí garantizan un mínimo de calidad, ya sean películas, informativos o espacios divulgativos.
Lo mismo sucede con el cine. El espectador que se adormila en el sofá viendo Telecinco protegido en el mantra de "cuando llego a casa lo que me apetece es desconectar" es el mismo que acude el fin de semana a las multisalas para ver Iron Man, sin ni siquiera reparar (porque tiene claro lo que quiere ver) en que ese mismo cine también proyecta una película de Costa-Gavras.
La conclusión es que la oferta de cine de autor es escasa, sí, pero cuando aparece como alternativa a los blockbusters parece que el espectador tiene clara su preferencia. Y las distribuidoras actúan en consecuencia: no invierten en cine de autor porque saben que no se demanda. Atrás quedó aquella genial frase de David Simon: "Que se joda el espectador medio". La demanda determina la oferta. Es la ley del mercado.

Comentarios
Publicar un comentario